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Martes, 7 de Setiembre de 2010
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Colinas quietas que miran al mar, valles que serpentean mansamente, ríos caudalosos y la variedad de poblados en las cimas, todo esto en una tierra de tradiciones antiguas.
El nombre “Marche” viene del alemán Mark, que significa territorio de frontera, pues ya a fines del siglo X existían varias de marcas de frontera entre el Apenino Central y el Mar Adriático, como la Marca de Camerino y más tarde las de Ancona y la de Fermo.

Como consecuencia, fue siempre una región de difícil acceso, casi totalmente montañosa, con un solo lado para el mar, rasgada por un abanico de valles transversales a la costa, surcadas por los ríos: orografía que determina hasta hoy el camino de la red rodo viaria, con una red de rutas a lo largo del litoral, y solamente 5 pasos de montaña hacia las regiones vecinas.

En cuanto a los acontecimientos históricos, ellos fueron complejos, cambiantes y diversificados. Habitada desde la más remota antigüedad, por los Picenos, la región pasó a manos del Imperio Romano en el 268 A.C., y después de su caída, fue dominada por los Godo, Bizantinos y Longobardos. El área que estuvo brevemente bajo la influencia bizantina, fue dividida en 2 circunscripciones administrativas: la de Pentapoli: marítima, incluía las ciudades costeras de Rimini (hoy en Emilia), Pesaro, Fano, Senigallia y Ancona; y la del interior, formada por las ciudades de Urbino, Fossombrone, Cagli, Gubbio (hoy en Umbria) y Jesi. En el Siglo VIII, los Longobardos, que habían suplantado a los Bizantinos, fueron a su vez derrotados por los Francos, cuyo rey, Pipino el Breve, donó el territorio al Papado. Así, por un breve período de tiempo, el poder religioso sofocó a la vida civil, aunque luego, con el advenimiento del feudalismo, comenzó un carrusel de rivalidades y luchas recíprocas. Los Trescientos y Cuatrocientos fueron el palco de una maraña de acontecimientos, revolviendo a las autonomías comunales, la supremacía de la Iglesia y la expansión del poderío de algunas familias. Entre el Cuatrocientos y el Quinientos se establecieron varios feudos y estados, en la mayoría sujetos a Roma, aunque también en algunos casos autónomos. Entre 1.797 y 1.800 la región fue ocupada por los franceses, que se mantuvieron por algún tiempo más, después de la caída de Napoleón, y luego, de 1.849 a 1.857, por los Austriacos. Finalmente, en 1.860 fue anexada al Reino de Italia.

Naturalmente, el desarrollo urbano de la región está estrictamente ligada a su agitada historia política.

Los Romanos, por ejemplo, privilegiaron las comunicaciones rápidas entre Roma y la costa adriática, abriendo grandes caminos y ejecutando obras imponentes, como la corte de Furlo, en la famosa garganta del mismo nombre. Es por eso que las ciudades romanas son litorales (como Fano y Senigallia) o están asentadas en el lecho de los valles (Helvia Ricina), en cuanto hoy todavía subsisten muchos vestigios de paradores a lo largo de los caminos.

Pero solo en la Edad Media ocurrió el arranque urbano definitivo (tal cual llegó, prácticamente intacto, hasta nuestros días), cuando los campesinos, para defenderse, se juntaron en las aldeas diseminadas en lo bajo de la colinas o en las rocas más escarpadas, a lo largo de los ríos, aunque sea lejos del campo. Las Comunas, a su vez, se fortificaron con murallas y en algunos casos hasta con castillos. Las murallas, todas ellas construidas en ladrillos, con un contrafuerte muy alto e inclinado (Jesi, Corinaldo, Ostra y al sur, Ripatransone y Acquaviva Picena), algunas veces munidas con un camino encubierto (como en Serra S. Quirico y Morro d´Alba). Se diseñó así el típico paisaje de Marche, hecho de un sin fin de colinas (cada una con un poblado en la cima) y de imponentes castillos y fortalezas.

Por su lado, la vitalidad de las Comunas, primero, y de los feudos después, hizo que cada ciudad poseyera su propia plaza cívica, palacio comunal, predios nobiliarios, una construcción civil de buen nivel, hospital, hospedajes, teatro... Por la importancia urbana y urbanística, es necesario citar a las plazas de Ascoli, Piceno, S. Severino Marche, Offida, Fermo, S. Ginesio, Fabriano; la universidad de Camerino; el hospital de los Peregrinos en S. Ginesio; los palacios nobiliarios de Matelica y Cingoli; y la extraordinaria cantidad de teatros, grandes y pequeños, que desde el Setecientos alegran también a los centros menores: en Jesi, Camerino, Corinaldo, Matelica, Urbania.

El panorama artístico de la región también es extremamente rico y diversificado. La arquitectura románica, ampliamente difundida, está entre las más articuladas en cuanto a los tipos y las formas, a la influencia lombarda, a los modelos bizantinos y a las cúpulas de inspiración oriental. Lo mismo se puede decir sobre el estilo gótico (que en S. Ginesio refleja hasta a las influencias alemanas), o para el periodo renacentista, en el cual influyeron las escuelas dálmata, toscana, romana, tanto como la gran pintura veneciana. La rica tradición de la arquitectura militar inspiró a su vez el talento del gran arquitecto Francesco di Giorgio Martini, que alcanzó su apogeo en los proyectos de algunas impresionantes fortalezas, cuyas plantas forman una figura de animal, diferente en cada piso, siguiendo un particular gusto intelectual: San Leo, Sassocorvaro, Sant´Agata Feltria, Mondavio. En todas, por la falta de otros materiales, fueron usados casi solamente ladrillos a la vista, trabajados con gran habilidad, excepto las molduras de piedra en los portales, que de esta manera se convirtieron en el emblema de cada dinastía.

Pero los sitios interesantes de Marche son en cantidad, muchos más de los mencionados en esta limitadísima selección, hecha con la intención exponer a los más representativos de cada tipo. Así, entre las ciudades costeras, además de Fano, debe ser recordada Senigallia, por su antigua planta urbana, el escenográfico desfile de fachadas a lo largo del puerto y el magnífico forum de la época romana. Entre las ciudades de altura, además de las ya citadas San Leo, Corinaldo, Cingoli, Camerino, Fermo, Serra S. Quirico, Temos Sarnano, la Recanati del gran poeta Giacomo Leopard, Osimo, Moresco, Gradara, Torre di Palme, en cuanto que en las costas de los ríos, están Tolentino, Matelica y Pergola. Tampoco se podría dejar de mencionar a muchos otros centros como Treia, Visso, Amandola, Montefortino, Arcevia, Castelfidardo, Montegilberto, Montelupone…, todos en las colinas, y el extraordinario núcleo de Urbania, parcialmente planificado. Finalmente, un caso aparte es el poblado de Servigliano, construido exnovo por el Estado de la Iglesia, en el Setecientos, en el lugar del anterior, que fue arrasado por una inundación.
 
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