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Martes, 7 de Setiembre de 2010
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Puente entre occidente y Africa del Norte, la isla de Sicilia, abierta en los siglos a las grandes civilizaciones del Mediterráneo, reúne en forma admirable naturaleza y arte.
Situada casi en el centro del Mar Mediterráneo y al mismo tiempo separada del continente por el estrecho de Messina, la isla de Sicilia reflejó siempre en su cultura y tradiciones, la doble característica de su posición geográfica: independiente pero al mismo tiempo ligada estrechamente a Italia.

Llamada antiguamente Sicania o Trinacria, por su forma triangular, desde el punto de vista físico Sicilia es un área en gran parte montañosa, solo atravesada por la extensa planicie alrededor de Catania, al este de la isla.

Originalmente habitada por los Sicanos provenientes de la Península Ibérica, y por los Siculos, de estirpe itálica, la isla mantuvo desde la más remota antigüedad contactos con las más grandes civilizaciones del Mediterráneo, especialmente con Grecia y más tarde con los Fenicios y las poblaciones de Grecia, que en ella encontraron nuevas áreas de expansión, fundando importantes colonias de la llamada Magna Grecia. Con el estallido de la primer guerra púnica (264-241 a.C) entre Cartago – con territorios en el norte de Africa, en Sicilia y en Cerdeña y grandes intereses comerciales en el Mediterráneo Occidental y en el extremo sur de la península Ibérica – y Roma – que ya en esa época controlaba cerca de la mitad de la península itálica ,directa o indirectamente, por intermedio de la poderosa liga con sus aliados latinos – esta, hasta entonces esencialmente agrícola, se volvió una potencia naval y expulsó de Sicilia a los Cartagineses, primero (241 a.C) y después (238 a.C) de Cerdeña y de Córcega, conquistando así las primeras provincias de ultramar que pertenecieron al estado romano por más de 700 años. Después de la caída del Imperio (476 d.C) Sicilia fue invadida por los vándalos, godos y Bizantinos hasta que en el siglo IX fue conquistada por los árabes que la enriquecieron con la contribución de su refinada cultura. Pero fue sobretodo la sucesiva dominación de los normandos (S. X – XII), que establecieron su capital en Palermo, que se destacó como un período de gran desarrollo tanto económico como cultural y espiritual. Además bajo el Emperador Federico II de Suecia que, por ser hijo de la reina Normanda Constancia de Altavilla, mantuvo la unidad dinástica, Sicilia pasó a estrechar cada vez más los lazos con el continente. Desafortunadamente las posteriores dinastías perdieron todo rastro de gobierno iluminado: angiovinos, aragoneses y Borbones, además de llevar la capital a Nápoles hicieron de sus reinados una época de verdadera opresión lo que provocó muchas revueltas populares.

Los centros urbanos de fundación más antigua son hasta nuestros días testimonio de la colonización griega: Siracusa, Segesta, Selinunte y Agrigento, mantienen vivo el recuerdo de aquella era con sus templos dóricos, muchas veces más imponentes que los de las metrópolis mismas. Por el contrario no están tan bien conservados los restos de la época romana y del bajo imperio. De hecho la única obra digna de reconocimiento es la magnífica villa romana de la Plaza Armerina ( III-IV d.C) decorada totalmente por magníficos mosaicos.

También los árabes dejaron pocos vestigios de su paso, probablemente porque utilizaron materiales poco durables como la arcilla y en el caso de muchas construcciones, como las mezquitas, fueron desvirtuadas a lo largo del tiempo. Así, a parte de algunos rastros que quedaron de casas, quedó intacto solo un complejo termal denominado los Baños Arabes, formados por algunas habitaciones simples y una sala central con arcos ojivales.



La llegada de los Normando llevó al florecimiento de varias ciudades grandes como la capital, Palermo, Monreal, Cefalú y Erice, todas dotadas de majestuosas catedrales, erigidas en un estilo particular que más tarde se denominó “árabe – normando”. El régimen feudal, que comenzó a afirmarse en ese período, llevó a los habitantes a abandonar el campo para concentrarse en los alrededores de las ciudades de los feudales, generalmente ubicadas en elevaciones de terreno: entre los centros que mejor han conservado esa fisonomía medieval, tenemos Caccano e Mistretta, ambos dando la espalda a la costa centro – septentrional de la isla.

Las innovaciones arquitectónicas del renacimiento tuvieron poca influencia en Sicilia, que después de perder su posición de capital frente a Nápoles, a esa altura ya estaba relegada a una posición marginal

La revitalización de la construcción sucedió en el período barroco, cuando un extraordinario frenesí creativo recorrió toda la región, transformándola en un verdadero laboratorio urbanístico, donde fueron pensadas y puestas en práctica nuevas soluciones arquitectónicas de palacios, iglesias, calles, plazas y ciudades enteras. Sicilia fue así tomada por grandes obras de renovación urbanísticas, que involucraron sobre todo a los centros más importantes, pero también a algunos de los más pequeños – muchos de ellos debido a la necesidad de reconstruir ex novo barrios y ciudades enteras - arrasadas por el terremoto de 1693. Lo mismo sucedió en los casos de Noto, Modica, Palazzolo Acreide, Acireale, Ragusa y Buscemi, donde la reurbanización se debió a exigencias predominantemente estéticas y representativas. Por otro lado cuando en tiempos más recientes se repitió un fuerte sismo que desbastó el Valle de Belice, en el extremo oeste de la Isla, la obra de reconstrucción fue realizada sin tener en cuenta el medio ambiente, haciendo que los poblados del valle como Calatafimi – escenario de una de las primeras batallas de Garibaldi en la campaña contra el Reino de las Dos Sicilias – Gibellina, Menfi, Montevago, Poggioreale, Salemi, presenten hoy una urbanística rígida y artificial porque está divorciada de la cultura y las tradiciones locales.

En general la imponente arquitectura de los años seiscientos se caracterizaba por fuentes escenográficas, estatuas exageradamente ornamentadas, artefactos en hierro fundido trabajado, las altas fachadas y torres de iglesias, la dramática organización de los espacios que representan el triunfo del barroco siciliano. Finalmente, siempre en los siglos XVI y XVIII, el virreinado español promovió una basta campaña de colonización rural, que llevó a fundar más de una centena de villas agrícolas como,Niscemi, Pachino, Cefalá Diana y Ramacco, entre otras.
Un último e interesantísimo ejemplo de moda del 1600 y del 1700 son las villas suburbanas y los poblados de Bagheria (80 km. al este de Palermo), un conglomerado de residencias nobles, que expresan un gusto que va del barroco al neoclásico.

En esta breve exposición no podemos dejar de citar a otras localidades que se destacan por sus plantas urbanas (como Scicli y Caltagirone), en el que el trazado manifiesta el perfil de un águila; o por ser ejemplos de un fenómeno meridional de ciudades rupestres, como Sperlinga; o verdaderas ciudadelas sobre el mar, como Marsala – escenario de desembarque de los garibaldinos en Sicilia – y Mazara del Vallo, ambas en la costa sudoeste de la isla; o los lugares turísticos de inenarrable belleza natural, como Taormina, en la costa este; o también Randazzo, Nicosia, Petralia, Sciacca. Finalmente centros menores, pero igualmente dignos de ser recordados por su interés histórico y urbanístico, como Capizzi, Gangi, Isnello, Forza D’Agro, Naro.
 
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