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Martes, 7 de Setiembre de 2010
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Acrópolis megalíticas de orígenes enigmáticos, caminos etruscos tallados en el tufo, iglesias románticas ricas en afrescos, fuentes barrocas… todos estos brillan sin ser ofuscados por la belleza de la capital.
La historia de Lazio, y de las vicisitudes de su desarrollo urbano, podrían ser fácilmente separadas de las de Roma y el resto de la región, que por más de dos milenios se alternaron y entrelazaron.

Los primeros habitantes de las áreas meridionales y orientales fueron pueblos itálicos, en cuanto a los Etruscos, de origen hasta hoy desconocido, ocuparon el norte. En el centro, surgió Roma (convencionalmente en el 753 A.C.), la cual rápidamente ganó la supremacía, sometiendo a todo Lazio (Siglos III – II A.C.). Con esto, las actividades de construcción, que antes se extendían a toda la región (como llenos por los chados etruscos y los ciclópeos restos de murallas itálicas), pasó desde entonces a concentrarse casi exclusivamente en Roma. Y solo en la alta Edad Media, después de la caída del Imperio y de su capital, la región volvió a tener un auge importante, con la aparición de decenas de centros agrícolas y la expansión de otra gran cantidad de poblados.

Entre tanto, desde el siglo VIII, con las donaciones de los Francos al Papado, venía tomando forma el Estado de la Iglesia, que sin embargo ejercía un poder todavía débil, dejando amplia autonomía a las Comunas, por lo menos hasta el regreso del Papa del exilio de Avignon (1.377). Desde ahí en adelante, los feudos y muchas señorías de la región entraron en una franca decadencia, que llegó a su fin en el siglo XV, cuando todo el desarrollo urbano volvió a concentrarse en Roma, permaneciendo así hasta el fin del Estado de la Iglesia y su anexo al Reino de Italia (1.870).

De hecho, solo el fascismo, en su gran apogeo, antes de la II Guerra Mundial, ejecutó una serie de obras en el territorio, saneando las áreas pantanosas al norte y sur de Roma, creando centros agrícolas y fundando nuevas ciudades, que dieron lugar a una fuerte inmigración de campesinos del centro-norte de Italia, especialmente del Veneto.

Si Roma fue el centro de la urbanización, la región es al mismo tiempo una sucesión de extraordinarios ambientes naturales, que fueron determinantes para la localización y el tipo de asentamientos humanos.

Así, al norte, la Túscia lacial antiguo territorio de los Etruscos, es uno de los lugares más bellos y fascinantes de Italia, hecho con colinas de cal, de profundos desfiladeros excavados por torrentes tortuosas, de vegetación baja y verde, de pueblos sin tiempo que se rebelan de improviso, anidados en lo alto de los montes: creando un escenario tan típico, que llega al punto de ser llamado “Posición etrusca”. En realidad, los centros más aislados y de difícil acceso, se remontan a los Etruscos (los cuales no fueron tocados por los conquistadores romanos), pero su aspecto actual es del Alto Medioevo, de una Edad Media pobre, primitiva, románica, hechas con casas de tufo que se confunden con el ambiente.
Muy diferente es el paisaje de los lagos de origen volcánico, pues en los casi perfectos conos de los antiguos volcanes, hoy llenos con el agua de los lagos de Bolsena, Vico y Bracciano, crece una mata intricada y escasean los pueblos: aquí también, en su mayoría son de origen medieval, porque fue en estas costas donde los habitantes buscaron refugio contra las invasiones de los bárbaros.

Debe ser recordado, todavía, el Lazio apenínico del este al sur de Roma, con sus villas en lo alto de los montes, algunas hoy todavía pobres y aisladas, otras ricas en suntuosos parques y mansiones: como en Tivoli, la monumental Villa D´Este (construida en la segunda mitad del siglo XV por decisión del cardenal Hipólito II d´Este) y Villa Adriana, magnífico complejo arquitectónico construido por mandato del emperador Adriano, siguiendo una simbología hermética hasta hoy poco descifrada; y todavía más al sur, Frascati.

Otro paisaje característico es el de las planicies rasas, saneadas, como se ha dicho, por el fascismo, en el extremo sur de la región (Agro Pontino), donde todavía sobreviven algunos de los pantanos costeros originarios.

Cortando la región por la mitad, del norte al sur, pasando por Roma, corre el mitológico Río Tibre, de curso amplio, lento y sinuoso; por siglos insalubre aunque a pesar de eso, siempre es aprovechado como principal medio de ingreso al interior, con sus numerosos atracaderos que sirven a los pueblos de las colinas (como Gallese).

A lo largo de la costa del mar Tirreno, al contrario, por causa de las costas bajas, siempre escasearon los buenos puertos, así, además de Óstia (el puerto de la antigua Roma, hoy enterrado a 20 km. del mar) tiene solo a Civitavecchia, al norte, y a Gaeta al sur; en cuanto a las otras costas, son recientes y con fines predominantemente turísticos.

Finalmente, hay 2 partes de Lazio que siempre estuvieron ligadas a la Italia meridional y al Reino de las Dos Sicilias: el área montañosa de Rieti, al nordeste de Roma, limitando con la región de los Abruzzi (tanto que se llama “Abruzzo ultra”), y que muestra claramente su influencia; y el Lazio Meridional, un área de montes bajos al sur del eje Sora – Terracina, definida como “Lazio Campano” por causa de las plantas de las ciudades y del estilo de la arquitectura, y por haber formado parte durante siglos, de la Tierra del Trabajo del Reino de Nápoles.

De los Etruscos, que privilegiaron la creencia en la vida después de la muerte, llegaron hasta nosotros numerosas necrópolis de configuraciones variadas, como en Tarquinia, Cerveteri y Norchia; en cuanto, como se ha dicho, nada quedó de sus ciudades. También son raros los restos de otras ocupaciones prerromanas.

Los Romanos, al contrario, influyeron fuertemente en la región, desarrollando la capital y sus áreas limítrofes, abriendo un abanico de arterias de comunicación saliendo de Roma (las vías Appia, Aurélia, Cássia, Flamínia, Salária, Tiburtina, Tuscolana…), y poblando los centros preexistentes. Fuera de Roma, sin embargo, sus marcos hoy sobreviven solo en algunas ciudades a lo largo de la Vía Appia, para el sur, como Terracina y Fondi, y en algunos edificios.

Todavía más rica es la historia urbanística medieval que, a diferencia de la antigua, se esparce en un sinnúmero de ejemplos, que llegan a ser menores o incluso mínimos, convirtiéndose en un periodo único de la historia de Italia. Así, varios centros urbanos redescubrieron las antiguas acrópolis prerromanas (haciendo de ellas el núcleo del desarrollo urbanístico) y algunas veces también las ciclópeas murallas: como en Anagni, Ferentino, Alatri, Segni y Veroli, todos al sudeste de Roma.

En el Lazio, también son incontables los castillos, construidos para la defensa de cada feudo en una región solo nominalmente unitaria, siendo que cada castillo estaba unido a un burgo: en Bracciano como en Soriano, en Bomarzo como en Bolsena, en Rocca Sinibalda como en Palombara Sabina y Fumone. Otros ejemplos de pueblos medievales son: Sermoneta, con su famosa abadía, Ninfa, Sperlonga, Gaeta y Formia.

Durante el Renacimiento, al contrario, escasearon las iniciativas urbanísticas, excepto en casos espacialísimos. En este sentido, deben ser recordadas la nueva Ostia y la ampliación de las murallas de Neptuno, ambas por razones de defensa de la costa y, por lo tanto, para la mayor protección de Roma.

Una historia a parte tienen la ciudad y la provincia de Viterbo, al norte del Lazio, gracias a la presencia del Ducado autónomo de Castro, surgido en 1.535 bajo el Papa Paolo III Farnese, y que duró por más de un siglo, hasta 1.649. En él, los Farnese llamaron para trabajar a 2 arquitectos de renombre: Sangallo el Joven y Vignola, que dejaron en muchas refacciones y ampliaciones la marca de su estilo manierista. Si Castro cayó, e Inocencio X la hizo destruir, las grandes obras continuaron en las vecinas Caprarola, Ronciglione, Soriano y el nuevo burgo y jardines de Bomarzo, con sus grotescas esculturas en piedra. Además de que, palacios, castillos y fuentes de los mismos arquitectos adornan todos los centros a la redonda.

Otro caso aparte es el de Tuscánia, que en el Quinientos adquirió un perfil renacentista, pero que quedó mucho menos original que el centro medieval, tanto que fueron abandonados barrios enteros de la época, incluso ya en la construcción de las murallas, como huyendo de las ruinas de alrededor de la iglesia de San Pedro. Entretanto, entre 1.585 y 1.590, Sixto V realizó en Roma, en pocos años de pontificado, un extraordinario plano urbanístico, abriendo caminos rectilíneos entre las principales basílicas, en cuyas extremidades mando a colocar obeliscos con el fin de resaltar la perspectiva. Contemporáneamente, ocurrió la primera gran sistematización de las plazas, como la plaza Farnese y la de Campidoglio, esta segunda obra de Miguel Ángel.

Una época mayores intervenciones urbanísticas fue el Barroco, cuando en Roma se realizaron los más representativos proyectos de la historia de la arquitectura: de la plaza de San Pedro a la plaza Navona, de la plaza de España a la plaza del Pueblo, es decir, la Roma monumental que todos conocemos y que a todos nos encanta.
 
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